Wenworth experimentaba una gran intranquilidad. Tuvo que hacer un esfuerzo para serenarse y quedar inmóvil en el sillón bajo, que el siempre pensativo Jenkyns colocara para él debajo del toldo de la terraza. Trataba de asegurarse con impaciencia que no serÃa ninguna alarma de peligro. SerÃa simplemente un reflejo de su superabundante energÃa que, desde hacÃa semanas no encontraba válvula de escape aparte de sus actos filantrópicos y en las salas de esgrima de la ‘selle d’armes’ de Trienzi…







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