Eran bastante feos, torvos, muy sucios, barbudos y, desde luego, no inspiraban la menor confianza. Ni una pizca de confianza. Por separado, ya sobrecogÃan un poco, pero los cuatro juntos formaban un grupo nada tranquilizador. ParecÃa que siempre estaban sonriendo, pero, a lo peor, era que no sonreÃan, sino que se reÃan continuamente de quien los veÃa, quizá porque se daban cuenta de que causaban aquel sobresalto, aquel temor, aquella profunda desconfianza. Desde luego, cualquier persona sensata que los viera llegar, sólo tendrÃa, en el acto, una idea: cerrar su casa a cal y canto y esperar pacientemente a que se marcharan. Por otro lado, eran una tentación, al menos para los cazadores de hombres, los buscadores de recompensas. Era inevitable: por fuerza tenÃan que estar reclamados. Y en ese caso, llevar sus pellejos a cualquier oficina de la ley podÃa producir muy buenos beneficios. Sólo que… para cobrar esas recompensas era necesario llevar esos pellejos a una oficina de sheriff o un lugar parecido.







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