Pocos hechos pueden conmover tanto a una comunidad como sucede cuando muere uno de sus personajes más selectos. Y si a este acontecimiento se le añade una herencia de miles de dólares, el asunto difÃcilmente deja a nadie indiferente. Por ello, resultó inevitable que la muerte de Henry Ogden Slade se convirtiera en la comidilla de la flor y nata neoyorquina. Un verdadero corrillo de murmuraciones que ya venÃa persiguiendo al viejo multimillonario, especialmente, durante sus últimos años de vida. El motivo era simple. Tan sólo cuatro años antes de fallecer, Slade habÃa decidido acoger, recluir y educar como a una hija, en su fastuosa mansión de Gramercy Park, a Clara Adler: una joven chica judÃa, cuya presencia dentro de la alta sociedad de Manhattan jamás habÃa terminado de ser comprendida. Y menos ahora, cuando el testamento de su tutor la ha dejado en la más absoluta miseria.







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