A mis años —he nacido en 1899—, no puedo prometer ni prometerme sino esas pocas variaciones de la irreparable monotonÃa. Séame permitido, sin embargo, indicar alguna minucia. El libro incluye trece relatos. El número es casual o fatal —aquà las dos palabras son estrictamente sinónimas— y no mágico. Si de todos mis textos tuviera que rescatar uno solo, rescatarÃa, creo, El Congreso, que es a la vez el más autobiográfico (el que prodiga más los recuerdos) y el más fantástico. No ocultaré tampoco mi preferencia por El libro de arena. Hay también un cuento de amor, un cuento «psicológico» y el relato de un episodio dramático de la historia de estas repúblicas. He querido ser fiel, en estos ejercicios de Ciego, al ejemplo de Wells: la conjunción de un estilo llano, a veces casi oral, y de un argumento imposible. El curioso lector puede agregar los nombres de Swift y de aquel Edgar Allan Poe que, hacia 1838, renunció a su modo suntuario para legarnos los admirables capÃtulos finales de su Arthur Gordon Pym. No escribo para una minorÃa selecta, que no me importa, ni para ese adulado ente platónico cuyo apodo es la Masa. Descreo de ambas abstracciones, caras al demagogo. Escribo para mÃ, para los amigos y para atenuar el curso del tiempo. J. L. B.






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