Al aceptar compartir techo y cama con el acomodador del cine donde estaba durmiendo, MarÃa probó a ver si le salÃa bien un invento: ¿por qué no iba ella a poder vivir como la gente normal, pasando del macarra que le daba cada viaje de aquà te espero?, y aunque no fuese finolis y tuviese una pinta para no fiarse, ¿por qué no podÃa ser Juan el hombre que cambiase su vida? Pero ya le avisó la adivina que por ahà rondaba un peligro, y que aunque habÃa un caballo de bastos que la querÃa bien, también salÃa un rey de espadas que no tanto… Y MarÃa que se lÃa y no sabe quién era quién ni qué demonios hace ella, que es la sota, en medio de tanto figurón.






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