La diosa Tierra lloró; su herida era un tajo abierto en la carne. El corte era profundo, tal vez mortal, pero nadie conocÃa su sufrimiento.La diosa lloraba por sus siervas, las decotas druidas, convertidas en estatuas de piedra para poder escapar de la muerte, y de las que sólo una se habÃa librado de la petrificación. Y la diosa lloraba también por los ffolk, su pueblo. La guerra asolaba su hermosa tierra y muchos morÃan resistiendo el ataque del hombre del norte o el de la Bestia; a pesar de ello, aún quedaba esperanza.El rey de los ffolk, el prÃncipe Tristán Hendrich, era un verdadero héroe, y la única druida en libertad, Robyn, tenÃa una fe inquebrantable y experimentaba cómo una fuerza increÃble crecÃa más y más en su interior.







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