El guÃa Simon Hazard no podÃa creer que Sunday Harrington fuera una de sus clientes. ¡No debÃa haber hecho una marcha en su vida! Sin embargo, era a él a quien le temblaban las piernas y le sudaban las manos, pero no por la dureza de la jungla, sino debido a las larguÃsimas piernas de Sunday. Sunday no estaba dispuesta a darle a Simon la satisfacción de demostrar que era sólo un hermoso cuerpo sin cerebro. Los hombres como él eran todos iguales: carentes de modales y muy peligrosos. Y si no se andaba con cuidado, acabarÃan explorando algo más que aquel pequeño paraÃso.







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