El cochero tuvo que aminorar la marcha de la diligencia porque la niebla se hacÃa más densa y tupida conforme se adentraban en el inhóspito condado de Mesley. Lo hizo de mala gana. Recordaba perfectamente la historia de la bruja. Esa historia que, ciertamente, no desconocÃa nadie por aquellos alrededores. Por lo tanto, lo razonable hubiera sido, no sólo no aminorar la marcha, sino fustigar los caballos hasta que aquel endemoniado terreno hubiera quedado atrás. Pero la niebla, que se calaba hasta los huesos como un mal presagio, privaba de la visión a los pocos metros.De todos modos, cada vez que pensaba en la bruja… Lo cierto es que, de padres a hijos, se habÃan transferido aquel horror, y que la historia habÃa acabado por ser una verdadera obsesión para todos…






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