La abertura daba entrada a un pequeño sótano, hacia donde, en aquel momento, se filtraban los dos últimos rayos de sol. De un sol que se perdÃa en medio de un ocaso rojo, violento, ensangrentado.Y dentro de aquel sótano, ¡horror!, se veÃan muchos esqueletos… Todos ellos con la espina dorsal torcida, curvada, delatando la deformidad de una joroba.Un sudor frÃo, helado, gélido, perló la frente de lord Morggine, que habÃa hincado una rodilla junto a aquella cavidad para mejor percatarse de lo que habÃa en ella.En aquel instante, del interior del sótano, surgió una voz. Una voz cavernosa que no parecÃa humana. No, no debÃa serlo. Sin duda pertenecÃa a alguno de aquellos muertos.—Has interrumpido nuestro reposo… La maldición caiga sobre ti, lord Morggine. Todos tus hijos serán jorobados, como lo fuimos nosotros… Si alguno te nace normal, morirá de manera violenta… SÃ, morirá de manera violenta —repitió la voz—. Todos aquellos hijos que tengas normales… Sólo te vivirán los que nazcan jorobados…







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