El hombre de Apulia constituye un hito de novela histórica capaz de grabarse en el recuerdo. Trata de un momento crÃtico del devenir europeo: los albores de la llamada revolución comercial y urbana. Y lo hace a través de un sistema tan probadamente eficaz como es adoptar la voz de un emperador que escribe y narra sus memorias. Sus palabras conforman los ecos de una época apasionante, la de las ciudades reclamando poder mientras quienes más lo ostentan, el papa y el emperador, pugnan por la primacÃa. Con el minucioso, casi hiperreal, retrato psicológico del emperador Federico II, asistimos a las controversias de las ideas de su tiempo. A partir de su doble condición de aficionado a la cetrerÃa y monarca feudal, se estructura la paradoja base de este relato: la del adepto a los primeros balbuceos de la metodologÃa cientÃfica, cuya heterodoxia socava los cimientos del sistema que él representa. Su curiosidad —encauzada por Horst Stern— nos lleva a cimas inolvidables del canto lÃrico a la naturaleza. El hombre de Apulia nos revela lo que un autor puede lograr cuando al amor a la naturaleza une la pasión por la literatura.







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