Estaban dos hombres sentados a un velador de hierro, en la acera, ante el Hotel de la Paix, de la isla de la Martinica. Tras ellos, en el centro de la plaza, se erguÃa la estatua de mármol de la más famosa entre los naturales de la isla: la emperatriz Josefina. Rodeada de magnÃficas palmeras reales, la figura representada por la estatua parecÃa escuchar con tristeza y añoranza la música de la banda que tocaba a poca distancia de su pedestal. Los alegres tejados rojos y las celosÃas pintadas de verde de las casas circundantes, en la amplia plaza, formaban un fondo muy adecuado para los indÃgenas vestidos de vivos colores, que circulaban por entre los senderos del jardÃn de la plaza. Las risas suaves y musicales de las mujeres parecÃan ser el contrapunto del ruido leve que hacÃan al oscilar sus largos pendientes. El cielo, de intenso azul, el mar, casi de color violeta, las palmeras que se mecÃan al viento y aun el mismo ambiente parecÃa proclamar que corrÃa la primavera en Fort de France. Algunas muchachas de tez casi cobriza reÃan y lanzaban miradas a sus morenos compañeros. Era la época de la diversión y del amor.







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